24 Abril 2006
Atravesó el Cielo, la Tierra y el Mar
para en una estrella ir a posar.
Vibra todo alrededor,
el vacío duerme en esplendor.
Entonces Dios se sonrió
ante su espejo: La Creación.
“En el principio era El Verbo
y El Verbo estaba frente a Dios
y El Verbo era Dios.”
Nos remitimos a la primera instancia, a los inicios, cuando Dios se manifiesta en la expresión perfecta: El Verbo.
“La Palabra de Dios se hizo hombre”
Entonces, recordamos la tentación, aquella soberbia serpiente que nos incita al pecado.
Al momento, Adán muerde la manzana prohibida: el Fruto del Conocimiento.
En aquel mismo instante, ese segundo interminable en que la conciencia se apodera de él, el hombre, Hijo de Dios Todopoderoso, nombra al Padre y, con la autoridad que le confiere su calidad de Verbo –luz que ilumina el pensamiento –, lo crea a Él.
‘Conmigo y en mi yaces;
es tu esencia que se esparce
en las olas infinitas
del Universo que te place. ’
¿Qué es la Vida Terrenal, Mundana?
Tan a menudo maliciada, condenada a una concepción racional despectiva: superficialidad gestada en la inmanencia.
Porque aquello que nos define, sin condicionar esa potencialidad latente con que La Divinidad impregnó al Ser, determina la identidad no trascendental del individuo.
Sin embargo, el materialismo propio de lo tangible, físicamente delimitado, no sentencia tal etapa como inútil o prescindible. En absoluto: cada ámbito del Existir es necesario y sabiamente escogido por La Providencia.
Cuando el tiempo de vestir la mortaja se cierne sobre los hombres, sencillamente nos desprendemos de una parte de nuestra historia, despidiendo aquel tramo del camino que, eventualmente –a perspectiva humana –, ha de converger en un único y completo Sendero hacia la Eternidad.
Así, guiados por la Muerte nos dispersamos con la intención de abarcar cada rincón de ese Sendero, como esencia en Dios y en La Inmensidad; cual sea la diferencia.
Esa noche ya sin par,
que a la luz ha de dar
vida eterna y somnolencia:
lo que dicta Su Eminencia.
Entonces, con la dilución del fundamento etéreo en El Todo, los parámetros que definieran la corporeidad se esfuman de lo posible: la ausencia de Temporalidad patenta el trascender, mientras una ubicación impotente, pues carece de referentes y coordenadas, se traduce en infinidad de espacios continuos, concretando La Inmensidad.
De esta forma, nos adentramos al máximo estado de fertilidad en la conciencia irracional: la Somnolencia.
Se establece, ésta, inmutable, mas está dispuesta a suscitar la transformación intrínseca a la Existencia.
Es diversa en cada punto del Universo, del Ser.
Y dotados de conciencia,
goce perpetuo en apariencia.
Que a tristeza reverencian
y con entereza comienzan
Surge, pues, la presteza de quien se entrega a toda sensación y sentimiento, imaginable o no.
Un proceso inherente a la fundición.
Al existir la conciencia, cuanto no la razón ni el pensamiento, el Ser percibe, siente, se emociona… pero no incurre en El Verbo.
La función cognitiva ha quedado reducida a un recuerdo difuminado, dando paso a una sensibilidad artística que vibra en sincronía con cada partícula de esencia.
Prima, entonces, la Dicha como consecuencia de vivenciar al Ser en plenitud. Es el resultado del Uno como Nosotros.
A caminar con y sin nada
por aquella tan deseada
senda desembocada
en la Muerte resucitada.
Nos despojamos de toda inmanencia (“con nada”) para consagrarnos a un nuevo rol.
Dejamos sapiencia, palabra, corporeidad y religión en el espacio terrenal: a donde pertenecen. Allí han de dormir junto a Cronos hasta el fin de los tiempos.
Pero el don del Todo también nos ha sido concedido (“sin nada”): multitud de sentimientos deslizándose por nuestro Ser en simultáneo movimiento. Se arrastran por una Inmensidad falta de adentro y afuera: no conoce límites. Y, para ese momento, el que haya sido hombre, de los mismos así carezca.
Entonces está maduro y listo a la contemplación: reconoce la vida como aquella instancia entre lo que fue y lo que ahora es: la perpetuidad en Dios, con los otros, con el ser amado.
“Asunción de la Esencia”
Valparaíso,
22 y 23 de abril, 2006.
C. Veglia
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22 Abril 2006
Lo descubrió velando el sueño
que a candor acaecido,
en amoroso empeño,
abrió los brazos al deseoso dueño.
Con sus manos él buscaba
frente amada acariciar,
y su voz mientras cantaba:
‘Aquel día ha de llegar’.
De la noche a madrugada,
viene dicho amanecer.
Y la luz, como las hadas,
se dispone a su quehacer.
De limpiar la somnolencia
que quedara en ellos dos,
olvidando su dolencia
la canción de un ruiseñor.
Mas los amantes sobre el lecho
duermen sólo sin pensar
que de uno y otro, en hecho
cada uno ha de soñar.
“Al Descansar”
Valparaíso,
21 de abril, 2006.
C. Veglia
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20 Abril 2006
¿Por qué las personas tenemos que morir?
¿Por qué no puede la Muerte ser algo hermoso?
Cerramos los ojos y, sin dolor alguno, nos quedamos dormidos.
Para cuando despertamos... aunque nunca despertamos. No en esta realidad, al menos.
Pero, de hacerlo, nos hallamos en un lugar totalmente diferente.
No es un lugar, la verdad: carece de espacio, de tiempo, y nosotros de razón y de cuerpo.
Somos esencia de conciencia, de sentimientos, dispersa por el Universo.
"Después de"
20 de abril, 2006.
C. Veglia.
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19 Abril 2006
Hoy, pierdo el sentido.
Ya sólo queda multitud de sentimientos.
Gracias por eso.
C. Veglia.
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16 Abril 2006
Jugué con la inocencia de un recuerdo inusitado,
mientras me refugiaba en la calidez de tu abrazo,
y el sol de la mañana tardía me invitaba a despertar.
"Somnolencia"
Viña del Mar,
10 de abril, 2006.
Le Petit Pensant
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16 Abril 2006
Al primer segundo, lo vi de reojo, casi sin percatarme.
La luz ambarina lo alumbraba, otorgándole un aire levemente desvaído.
Abrí los ojos impresionados con desmesura -de eso estoy segura- y contemplé el papel.
Las letras se traslucían, difuminadas, y ya no eran más palabras.
Sino, una obra de arte.
"Letras"
Valparaíso,
15 de abril, 2006.
Le Petit Pensant
servido por Carla Valentina
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16 Abril 2006
La ciudad se devela en un sinfín de formas y colores, bajo el singular encanto de tantas perspectivas como personas la habiten.
Éstas, en su afán de ser parte de aquel pequeño universo, se disponen a la transformación del mismo, sumidas en un eterno anhelo de adaptación, proyectando su arte –con todo el sentido que esta palabra abarque– sobre la realidad circundante. Aquella que no es única e inmanente, pero que sí es verdadera.
Entonces, en medio de esa mutación intrínseca a la fundición sujeto-entorno, la evolución se patenta –tangible, social, sensible – en un mundo que no carece de esencia: crece sólo al asumir su cultura.
A partir de los planos dibujados por el ethos particular, se levanta en un ciclo lúdico, reinventivo, la urbanización. Un ciclo del que participa todo elemento enraizado a ese locus amoenus.
De esta forma, se establecen parámetros determinados por los hábitos de la nación – ésa que habite los límites urbanos –, otorgándole identidad a la polis.
Al proyectar su paradigma, el hombre, temeroso de flotar en el vacío, establece referentes propios a su visión: metáforas que dan voz a un entramado de coloridos símbolos e interpretación: en última instancia, la ciudad misma.
La multitud de realidades resultantes de este proceso, coexisten por medio de la tolerancia entre la diversidad de diseños.
Los símbolos que las conforman son renovados por la Actualidad. Aquella noción propia del mundo moderno, que, al identificarse con las circunstancias espacio-temporales e históricas que sientan base a la cultura en cuestión, vuelven creíbles sus metáforas ante los sagaces –o ilusos – ojos del público que en ella se inmiscuye.
Tales circunstancias están representadas, a su vez, por la multitud de señales constituyentes del plano referencial.
Se abre, así, un ciclo que es sólo posible por medio del diseño.
Ahora bien, ¿por qué diseñamos?
La naturaleza del hombre o, más bien, los principios en él inculcados a lo largo de la Historia, lo conminan a perseguir el orden.
Según Johan Huizinga, “la cultura humana brota del juego – como juego – y en él se desarrolla”.
La presencia de éste no se vincula a ninguna etapa de la cultura, sino que la antecede, “acompaña y penetra desde su comienzo hasta su extinción”, pasando a constituir un factor social.
El lenguaje, en su función de nombrar –de categorizar, de ordenar –, está impregnado de juego. Las abstracciones son metáforas y las palabras son abstracciones.
Así, la humanidad se reinventa perpetuamente, en un mundo paralelo al natural.
Este es un comportamiento lúdico que, en el ser humano, adquiere una capacidad recursiva, dada por la posibilidad reflexiva de la razón. Mas el juego escapa a los límites de ésta: es irracional.
El juego se fundamenta en la libertad de expresión; cualquier forma autoritaria lo despoja de su naturaleza. Las reglas, por otra parte, le otorgan un ordenamiento específico, acorde a los límites de tiempo y espacio en los que se desarrolla la actividad.
El diseño, en base a sus referentes – metáforas –, buscará conformar un orden singular y propio para la realidad particular.
Diseñar es jugar, mas no al revés.
El juego motiva al diseño, y la sensibilidad –antes que el instinto, antes que la espiritualidad – mueve al juego.
La sensibilidad, a su vez, vibra al percibir problemas, inconvenientes manifestados en “lo que hace falta”. Ya sea esto un sentimiento o un cuerpo material que no ocupa su espacio correspondiente en la ciudad.
Así se forma una cadena e, investida como su fin último, se yergue la adaptación.
Cabe, entonces, la pregunta: ¿qué sucedería si el anhelo de adaptación cede su lugar a la mera supervivencia?
Entre las posibles causas, figura la –teórica – abolición de los problemas en todas sus formas.
Al momento en que la renovación de metáforas se paraliza, la sociedad pierde su noción de Actualidad y, por lo tanto, de sus referentes multitudinarios.
El sujeto es alienado tanto en su concepto de ser “en comunidad”, como individual.
Su sensibilidad se ve atrofiada al carecer de problemática a la que conceder solución, imposibilitando la actividad lúdica, que antecede al diseño.
Ha perdido su principal herramienta de adaptación, y entra –en aquel segundo imperdonable– a un círculo vicioso, miserable.
Puede ser ésta la manifestación de una imposición cultural.
En el caso de la “Cultura Global” –aquella moderna, técnica –, los ethos particulares por sobre los que ésta se levanta – y que, paradójicamente, la
configuran – pierden la representación de su “sentir ciudadano”.
Se suprimen los espacios que una vez acogieran la creatividad; solventada la voluntad de unos pocos enfocados a la búsqueda de poder.
El entorno se viste de monotonía y convive con la rutina. No induce el deseo de vivir, mas tampoco libera esa sublimación artística, tan propia de la muerte.
Un estado de estancamiento absoluto, que ha arrastrado a toda la ciudad y, con ella, al universo que en su interior hiberna.
“Sencillo
La Ciudad”
Valparaíso,
15 de abril, 2006.
Le Petit Pensant
servido por Carla Valentina
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15 Abril 2006
¿Psicología sexista en la literatura?
Un ejemplo clásico es, sin duda, Le Petit Chaperon Rouge, o “La Pequeña Caperucita Roja”, compilada en el siglo XVII por Charles Perrault.
La obra juega con metáforas de alusión universal claramente identificables.
Ignoremos el irreverente final feliz que ha desprovisto de impacto a la moraleja implícita, y aboquémonos, pues, al relato original. Aquel en que ningún leñador fornido, repleto de virilidad, irrumpe en el inmueble de la anciana, desempeñando el papel de héroe.
No. En la primerísima versión publicada –aquella derivada directamente de la tradición oral – la historia culmina en tragedia, acabando la niña su vida a precoz edad.
Mas lo que nos interesa ahora son ciertos símbolos generales.
Una madre encomienda a su hija sin nombre, algunos víveres para la abuela.
La niña – extremadamente bella – es conocida con el apodo de Pequeña Caperucita Roja. El conjunto sugiere una jovencita de sexualidad incipiente, que apenas ha experimentado un primer ciclo menstrual.
En su travesía camino a casa de la anciana, nuestra heroína se introduce al bosque – a menudo descrito como un lugar lúgubre y peligroso –: un sector marginal. El perfecto sitio para hallar un lobo presto a personificar la segregación social.
Este can es un seductor viril, pero mal intencionado: un ultrajador.
En un primer encuentro con la jovencita, el libidinoso señor lobo es consciente de la presencia cercana del leñador: figura paterna, heroica, positivamente masculina y ausente.
De modo que, incapaz de abordarla en aquel momento, enseña a Caperucita un sendero que la conduciría a su destino. Allí, astutamente la esperara, tras engullir a la abuela y usurpar su identidad, vistiendo como ella.
De la asociación entre travestismo y el lobo, se desprende una motivación moral sexista, que diferencia con claridad un género del otro, equiparando la confusión de los mismos con una actitud censurable.
El encuentro de las partes en la vivienda concluye al abalanzarse el lobo sobre la niña con intención evidente.
Lo que sigue es tan interpretable como el resto de la historia.
Y, con el fin de proteger a los retoños traviesos, la moraleja ha sido deliberadamente sentada como tal:
“Los niños, sobre todo las niñas bellas, bien hechas y gentiles, hacen muy mal en escuchar a toda suerte de personas.
Y no es extraño descubrir que el lobo tiene hambre.
Digo lobo, mas no todos los lobos son iguales.
Quienes, sigilosos, complacientes y dulces, siguen a las señoritas hasta sus casas, hasta las calles… ¡Pero cuidado!
Quién sabe si esos lobos dulces, de todos los lobos, no son los más peligrosos.”
“La Caperucita Roja
Sexo e Interpretación”
Valparaíso,
14 de abril, 2006.
Le Petit Pensant
servido por Carla Valentina
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